martes, 30 de marzo de 2010

De mi Soledad...

Por razones que a nadie importa ni interesa, la vida me ha devuelto una convivencia con una antigua amiga: la soledad. Pero la generosidad de la vida se extiende a que esa soledad me hace más libre.

Es horrible estar solo, pero es a la vez maravilloso estar solo. La soledad, con la que he convivido indistintamente en las variadas etapas de mi vida, ha vuelto a mi llamado, pues me hace libre y feliz y me deja ser como soy, como quiero ser.

El sosiego que produce la soledad es inenarrable. Solo alcanza dimensiones filosóficas y estupendas. Te aleja del despreciable mundo falso e hipócrita en el que nos ha tocado vivir y te abre las puertas de la libertad de pensar, de actuar, de ponerte sin reservas por encima de los prejuicios absurdos de la modernidad.

Cuánto hubiera querido que la soledad, esa amiga que me acompañó desde la niñez y que generosamente no me abandona, cuando he iniciado indiscutiblemente la juventud de la vejez, nunca me hubiese dejado. He sufrido las épocas que no se por qué, se alejó de mí.

Pero también seré justo con ella. Cada vez que la he necesitado, como ahora, ha venido a intentar satisfacer mi pedido de poder despojarme de esos círculos viciosos en los que te encierra la sociedad y que despreciable e inevitablemente están enmarcados por lo material.

"Solo mejor que mal acompañado", dice la sabiduría popular y vaya que tiene razón.

Los éxitos y fracasos que indistintamente he vivido, sólo pueden ser dimensionados en su real valía, cuando la soledad me envuelve con su manto de quietud, de serenidad emocional y de análisis de lo que quiero realmente de la vida.

Por eso, encuentro en ese tema que canta Raphael: "Qué sabe nadie" (canción que escuche de parte de un adulto bohemio ), en una especie de himno que dedico a mi amiga: la soledad. Porque cuando disfruto de su compañía y escucho: "que sabe nadie, si ni yo mismo sé lo que quiero", entonces da margen a pensar si todo esto es real, si la vida existe o simplemente es también como tantas cosas, una ficción.

Felizmente, nunca he padecido los rigores de "la soledad del poder" porque nunca lo he tenido ni lo he buscado, salvo para darme la alegría de vivir, sirviendo a los demás, que es la verdadera forma de tener poder.

Pero volviendo a la soledad, me rindo reverente ante su majestuosidad, en virtud a que brutal o generosa es auténtica y te ubica en el camino que te lleva a lo que quieres ser en la vida, a lo que buscas, a lo que aspiras.

Nadie sino la soledad te habla al oído con voz susurrante o con tono severo pero cierto; todo lo demás es fantasía que tiene como estelar fondo música celestial.

Y cuidado que para saborear con intensidad a la soledad no se necesita estar físicamente apartado de todo y de todos. Es una cuestión espiritual, mística, del alma. Es un intento serio de mirarte hacia tu adentro. Allí te encontrarás de verdad. Lo que hay en ti hacia afuera es hojarasca, fantasía.

La soledad, que nadie sabe quién la inventó -pero mi respeto a su creador- es posible que sea apenas joven cronológica o espiritualmente o que viva desde tiempos tan remotos como la existencia misma y que sólo desaparezca con la eternidad.

Por eso se afirma que "la verdad nos hace libres". Pero esa verdad es pues la soledad. Libres como el viento, como el mar, como las aves, como el agua y el fuego. Pobres de aquéllos que ostentan poder y que los alcanza la soberbia o los atrapa la soledad para decirles que, tarde o temprano, serán despojos humanos si es que llegan a tener siquiera ese privilegio.

Gratificante por lo demás, vivir sin otra compañía que la soledad, que no engaña, que no adula, que es humana y sensible y que es, como dice el poeta: "el refugio de mis penas calladas" o que se asila en el alma, para calmarnos la angustia que hay que descubrir si existe o es una de nuestras tantas inútiles y perversas creaciones. ¿Quieres ser libre, feliz...? Convoca a la soledad. Llámala y recíbela con honores que si no la tratas bien, se va y no vuelve más.