domingo, 16 de octubre de 2011

Y se hizo muerte...

Nunca me pareció más hermosa que en aquellos últimos días en el lánguido sanatorio. El pelo le había vuelto a crecer, más brillante que antes, con mechas blancas de plata. Incluso sus ojos eran más luminosos. Yo apenas salía de su habitación. Quería saborear cada hora y cada minuto que me quedaba a su lado. A menudo pasábamos horas abrazados sin hablar, sin movernos. Una noche, era jueves, ella me besó en los labios y me susurró al oído que me quería y que, pasara lo que pasara, me querría siempre.




Murió al amanecer siguiente, en silencio, tal como había predicho el destino. Al alba, con las primeras luces, me apretó la mano con fuerza, sonrió y la llama de sus ojos se apagó para siempre...

***

Durante años he huido sin saber de qué. Creí que, si corría más que el horizonte, las sombras del pasado se apartarían de mi camino. Creí que, si ponía suficiente distancia, las voces de mi mente se acallarían para siempre...una vez mas, me equivoque.